La despedida.

De las veinticuatro horas que tiene el día y sin temor a equivocarme, pasamos comunicados catorce de ellas. Es el avance en los aparatos electrónicos que nos ha favorecido las vidas y la manera en que nos comunicamos. No queda tema que se nos pase comentar, foto por compartir o secreto por confesar.

El día comienza a eso de las ocho veinticinco y se nos termina poco después de las nueve de la noche y aunque sin intentarlo, pero de manera muy sutil, podemos llegar comunicados hasta la medianoche.

En pocos días romperemos la marca de dos mil fotos compartidas y he aquí nosotros rompiendo récords una vez más!

Pero hay algo que me entristece el alma y hace que mis almohadas giren una y mil veces, comience a recapitular lo hermoso que ha sido el día y las mil y una charlas; intentando borrar el agrio sabor a eso que sé que me acabo de perder, la diaria despedida. La del día. Esa en que nos decimos “chau”. Infinita e interminable conversación en la que introducimos tantos nuevos temas que increíblemente deseamos no se termine más. Adrede debe ser y recién ahora me doy cuenta, mezcla del no quererla e intentar ante los inagotables tópicos no parar de teclear, seguir leyéndonos, ahuyentar el sincrónico termino de nuestros latidos.

Hoy siento eso, siento que no paramos de comunicarnos forzosamente a la vez. Vos en tu colchón y yo acá en la cama. Pensándote, siempre, NN.

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