Travesía a nado.

Nunca fui un pez espada en el agua. Sin embargo cuando la diversión en mi trabajo dependía de saber nadar o no, tome mis pruebas de nado en el lago del campamento y pude obtener mi color violeta, el título que me permitiría disfrutar con responsabilidad de las aventuras del campamento donde trabajaba, en el lago usando botes, canoas o la banana tirada por una lancha. Y probé ser nadador mediocre, con todas las satisfacciones que me brindó.

Hoy necesito mi habilidad en el agua más que nunca. Tengo los planos y un trayecto específico que logré imprimir de los acueductos que van desde mi casa hasta la tuya. Cuadra a cuadra, caño a caño he de desplazarme gracias a la potencia de mi sisterna hasta lograr salir por tu baño, rescatarte y traerte a casa. No quiero preguntarte si sabes nadar ya que mi idea es volver por el camino más seco y este plan maestro es secreto.

Linterna en mano, traje de neopreno, y alguna pastilla de cloro en caso de que; como dice la prensa, hayan cuadras no tan potables del agua que esta noche une nuestros destinos. Voy a vos, sin apuro pero con la prisa que corre por mis venas. Mañana el despertar será otro. Amaneceremos juntos.

Tomo mi tiempo en el cuarto para poder repasar los ejercicios de respiración en caso de que el tubo de oxígeno me falle. Repaso con mis dedos temblorosos el mapa intentando no pasar por alto detalle alguno.

Últimos segundos antes de embarcarme en mi aventura, quizás la más complicada hasta ahora, pero mi amor por vos derriba la muralla China.

Agarro mis herramientas y me dirijo al baño. Al abrir la puerta observo que hay una llave inglesa y un cuchillo sobre el mármol. El reflejo del espejo nubla mi visión. Siento ahogarme y la garganta comienza a secarse.Recuerdo inmediatamente; no hace mucho tiempo, para qué habíamos usado dichas herramientas, esas que no son parte de mi plan…

Cisterna rota, vaya plan!

Kolorkins

Allá por 1988 Kodak lanzaba una campaña en la que regalaba animales de peluche, que se llamaban Kolorkins. Y mi fascinación por ellos llegó a tal grado que bauticé a mi entrada forzosa al sueño “Kolorkins”.

El ritual era/es sencillo. Cada vez que quiero o pienso que debo esforzarme en dormir, cierro mis ojos. Observo el infinito universo oscuro que cae ante mi. Busco allá por el nuevo horizonte y los veo venir. Miles de micro partículas coloridas. Rojas, azules, amarillas y algunas verdes. Son colores no muy definidos pero a medida que intento cerrar más fuerte mis ojos las veo acercarse con mucha más prisa. Ellos son mis Kolorkins. Y cada noche que les he entregado mis ojos; dueños de mi infinita oscuridad, no me han fallado.

Hoy aquí. Veinte horas más tarde ni mis Kolorkins me ayudan a dormir. Sé que no son ellos. Es el vacío. Mi cama se siente más fría esta noche de abril. Hay un colchón que se siente más liviano a mi lado. Me abraza y susurra en mis oídos frases que intentan acompañarme. “No estás solo” dijo mi almohada, esa que lleva tu nombre.

Aparecen nuevamente mis amigos, uno rojo, veinte, y ahora verdes, cómo puedo hacer para dormir esta noche al no sentir tu calor?…zzzzzzzz